Herida por el fraude, la mentira generalizada, falta de ética y relajamiento de los valores, nuestra sociedad asienta la desconfianza como mecanismo preventivo.
Los dominicanos por sobre todo desconfiamos unos de otros, más en la ciudad, menos en el campo, tradicionalmente. Llamada a protegernos contra “vivos”, “tígueres”, “gandíos” y demás especies de golfos locales, la cultura del no creer en nadie daña nuestro relacionamiento en colectividad.
Nos lleva a contener la solidaridad y generosidad contra quienes las merecen; alguien realmente necesita nuestra mano, pero por las dudas –¿Qué tal si es un engaño?-se la negamos. Justos pagan por pecadores sin remedio. Salimos por un día de la cueva de la desconfianza y la convivencia mejora.
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