El “coquero” que me vendió ayer el coco de agua deglutido con todo y “comida” mientras conducía en la Bolívar en dirección a la Winston Churchill.
El “cañero” de quien semanas pasadas adquirí dos funditas de la planta dulce más amarga para mis dientes. El “aguacatero” que en la intersección Abraham Lincoln con J.F. Kennedy frecuentemente lleva hasta mi ventana irresistibles ejemplares del fruto que para los dominicanos es carne.
Todos ellos vivarachos, hábiles para el regateo y haitianos. Comparada la fuerte presencia de nacionales de Haití en el comercio callejero de bienes comestibles con la felizmente baja incidencia de cólera en nuestro país, es más que justo admitir que Salud Pública realiza un trabajo excepcional.
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