Desprendernos del caudillismo y liderazgos personalistas, caro anhelo de los dominicanos. Soñamos con instituciones funcionando y la ley imponiéndose a la discrecionalidad de la clase gobernante.
Así, expresamos disgusto por la naturaleza, fuertemente presidencialista, de nuestro sistema político. Manifestamos esa conciencia pero en la práctica nos conducimos persistentemente como defensores del personalismo: El Presidente de la República sale unos días del país y surgen las quejas y lamentos: Que cómo se va en medio de tantos problemas. Decisiones institucionales son postergadas a la espera de “la señal del Número Uno”.
Acogemos gustosos eslóganes políticos como “Llegó Papá” o “Llegó Mamá”.
Y dizque abjuramos del caciquismo. Por eso los políticos nos tienen en un puño.
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