Parece mentira que en pleno siglo XXI los ciudadanos que son respetuosos de los derechos de los demás tengan virtualmente que implorar –impotentes y generalmente sin muchas esperanzas de ser apoyados por las autoridades– para poder disfrutar en sus casas y vecindarios de la posibilidad de un sueño reparador, luego de agotadoras jornadas de trabajo y de sufrir el estrés que produce el moverse diariamente en un tránsito citadino congestionado y caótico.
Todo esto porque colmadones, bares y otros negocios producen estridentes ruidos. Lo insólito del caso es que también en zonas residenciales algunas personas incurren en el mismo abuso, porque de forma desconsiderada generan sonidos mortificantes que afectan a sus vecinos.
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