De tan escasa en el medio dominicano, la integridad sorprende. Fue increíble recibir recientemente de un profesional informal a quien había comprado servicios meses antes, cien pesos que debió devolverme al pagarle en aquella oportunidad y se los quedó por no disponer de cambio. “No me acordaba de eso”, le expresé; “yo sí”, me respondió. Gestos luminosos cuando la avivatez y la mala intención hacia el otro son norma en el país.
Los últimos meses del año, la incrementada demanda de servicios de todo tipo aumenta el riesgo de convertirse en víctima de la vergonzosa y proverbial marrullería criolla; todo el mundo busca “su Navidad”. La grata excepción de los cien pesos me vivificó; no todo está perdido.
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