Los “charamicos” tienen en la Navidad dominicana una condición de omnipresencia comparable con la del puerco asado o los pasteles en hoja.
Así lo estimo en tanto pertenezco a una generación para la cual los arbolitos y otros adornos navideños hechos de ramas secas, comercializados en plena calle, han sido estampa infaltable de Santo Domingo cada fin de año.
Los charamicos nos regalan su imagen pintoresca y además la lección de cuán necesario es renovarse y reinventarse para permanecer.
Los artesanos se conducen creativos, cada temporada enriquecen la oferta con nuevas opciones decorativas.
Parecen estar claros en que mantenerse en el mercado exige más que tradición.
Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.
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