Nuestra crisis de valores está directamente relacionada con la incertidumbre material en que secularmente nos hemos desenvuelto, más el modelo de impunidad prevaleciente.
El dominicano del siglo XIX esperaba el fin de semana para gastar en ron y en gallos el producto de la semana. Con cambios de forma el rasgo persiste.
Consumimos mucho alcohol y proliferan los juegos de azar, pese a los menguados ingresos del grueso de la población. La precariedad material y la pobre educación hacen que seamos un pueblo básicamente inmediatista.
Nos compete sobrevivir día por día y frente a necesidades insatisfechas los escrúpulos cuentan poco o nada. La clase dirigente, en tanto, no ha sido ejemplo de conducta cívica.
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