“A mí me dieron mis pelas y no me hizo daño”. La expresión suele escucharse entre muchos dominicanos, el segmento mejor educado incluido, que aún defienden la correa como método para disciplinar a los niños en casa o escuela. Abjuran burlonamente de la “psicología moderna”, a la que culpan de la mala conducta de los menores.
Reivindicar las pelas refleja su terrible efecto en la formación de la personalidad. El niño criado en autoritarismo, intolerancia y violencia, tenderá de adulto a seguir ese patrón, de negativas consecuencias para la familia y la sociedad. Romper ese círculo vicioso también compete al Estado, llamado a aplicar políticas educativas que contrarresten nuestra cultura de pegar a los niños.
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