El alma se alegra, se renuevan las esperanzas ante nuevas tan buenas como la inauguración del hospital traumatológico de Santo Domingo norte. La apertura del centro de salud me retrotrajo a estampas inolvidables de mi infancia: “el baldao”, que apoyado en dos muletas se detenía a las puertas de cada casa en el barrio San Carlos, pidiendo limosna. Era un adulto joven, alto y fornido independientemente de su impedimento.
Recientemente en la intersección Lincoln-27 de Febrero un mendigo en silla de ruedas se acercó a mi auto y pude reconocerlo, el baldado de antaño ahora viejo y deteriorado. Imaginé su vida pesarosa y me conmoví. Merece terminar sus días con el derecho a la salud hecho realidad.
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