“Murió justo donde hubiera querido”, dijo la viuda de un oftalmólogo estadounidense que prestaba servicio humanitario en Afganistán, asesinado junto a otros ocho colegas.
Al relatar cómo su esposo Tim se dedicó por más de tres décadas al servicio médico en ese atribulado país, Libby Little aporta un impresionante ejemplo de valor humano y fortaleza de convicciones.
Criaron a sus tres hijas en “el infierno”, el día que se contaban “sólo cien cohetes” era bueno. Volver a los Estados Unidos no era opción para él, que quería acabar con la ceguera prevenible entre los pobres afganos. Durante cuarenta años juntos “hicimos lo que creíamos debíamos hacer”, suficiente vida, dice ella.
Aleccionadora forma de vivir y aceptar la muerte.
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