La sinceridad es un ejercicio socialmente complicado, especialmente cuando se trata de admitir el fracaso o el error. “El profesor me quemó”, suelen decir los estudiantes, mejor recurso que reconocer un pobre desempeño académico.
Siempre muy cuidadosas de su imagen, comprensible que las figuras públicas no tengan la verdad a flor de labios, precisamente; cuando rompen ese molde motivan extrañeza. Ocurrió con una periodista de la televisión estadounidense cuya franqueza cobró gran notoriedad.
Antes que salir con historias manidas como que “se retiraba para dedicar más tiempo a su familia o emprender nuevos proyectos”, al despedirse de los televidentes prefirió reconocer que su programa de la CNN tenía muy baja audiencia y mientras ella no iba a cambiar su estilo de trabajo, tampoco podía ignorar que el público prefería las opciones de la competencia.
¿Moraleja? La sinceridad es grandiosa aliada de la libertad y paz internas.
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