Mi amor de hija fue mayor cuando me convertí en madre también. Pero aquellos intensificados sentimientos de veneración y agradecimiento hacia mami sólo alcanzaron ser tributo a su memoria, ella había fallecido muchos años antes de nacer mi hija.
Veintiún años después de su partida, lamento que no aproveché las pocas oportunidades de devolverle siquiera algo de lo tanto que me dio.
El trabajo y la crianza de 5 hijos agotaban las energías de mi madre; mientras crecíamos, las carencias y dificultades materiales no eran precisamente las herramientas favorables para apuntalar un ambiente familiar propicio a las expresiones de afecto.
Más bien la comunicación entre madre e hijos estaba dominada por demandas o quejas e insatisfacciones comprensibles.
Quizá el espontáneo abrazo acompañado de un “mami, te quiero”, fue inconscientemente postergado hasta “tiempos mejores”. Pero nos sorprendió su muerte y demostrarle cuánto la amé me quedó como doloroso pendiente.
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