Hay situaciones irregulares y, por ende perjudiciales, que inexplicablemente han logrado perpetuarse y que solo comienzan a ser corregidas o condenadas a partir de trabajos periodísticos, como los que ha estado publicando con mucho acierto El Caribe sobre la práctica de profesores universitarios que obligan a los estudiantes a comprar libros de su autoría, que no tienen propiamente tal condición, pues se trata en muchos casos de apuntes y recopilaciones compendiadas.
En una época donde la industria editorial está tan avanzada con textos especializados en todas las disciplinas, resulta insólito que en algunas universidades las autoridades académicas hayan permitido tal anomalía, lo que facilita a profesores aprovecharse de sus alumnos, imponiéndoles la compra de sus pretendidos libros. A este respecto, es oportuno recordar la expresión de Stefan Zweig, de que no todos los textos publicados alcanzan a tener lo que él llamaba la “gran arquitectura de un libro”.
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