Estruendosos, prolongados, lastimosos, incesantes. Retumban imperturbables en todas las áreas de mi casa. En la madrugada, temprano en la mañana, durante el día, la noche o la madrugada, las 24 horas con breves intervalos de paz. Molestan, crispan, llaman a la histeria.
Los ladridos del perro de la residencia contigua me trastornan a mí y a mi familia, mientras la vecina y dueña del can se hace de la vista gorda.
En gestiones buscando hacer valer mi derecho a la tranquilidad confirmé sospechas de que algo debía andar mal con el animal, aquellos anormales ladridos acusaban patología: “Es epiléptico”, me dijo la empleada doméstica.
Concluí entonces que la criatura estaba reflejando su padecimiento neurológico, agravado con la soledad y el confinamiento en que es mantenido. Nunca es sacada a pasear, su dueña siempre ausente.
No supe cuál sufrimiento era más digno de pena entre el mío y el suyo.
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