Nada más relajante y vigorizante aquel domingo que el suave y cortés “por favor” pronunciado por mi hija cuando me formuló una solicitud trivial.
En reiteradas ocasiones había propugnado ante ella porque la amabilidad al dirigirnos la una a la otra no podía ser ignorada en razón del vínculo de confianza, sin riesgo de deteriorar seriamente la comunicación entre nosotras.
Las palabras tienen fuerza para afectar los sentimientos ajenos aun dichas sin intención de daño, hasta tratándose de comunicación familiar la forma llega a contar tanto como el fondo. Frases como “te agradecería que…”, “me gustaría escuchar tu opinión…”, “necesito que me ayudes en…”, apoyan la familia asertiva y funcional. Huelga decir que los hijos reflejan nuestro comportamiento, si “porque yo lo digo” es la frase concluyente del adulto, luego no lo sorprenda un niño que se expresa frente a otros de manera cortante o autoritaria.
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