La actual era de los reality shows televisivos me motiva interrogantes sobre la influencia anímica de estos programas, donde lo real y lo simulado aparecen intencionalmente unidos, sobre todo en el público joven.
Las situaciones presentadas “tal y como son” procuran lograr niveles de empatía en el televidente que rondan lo enajenante hasta lo morboso.
Los reality nos llegan masivamente desde la televisión extranjera, mayormente.
Algunos resaltan de manera encomiable virtudes como el heroísmo, el coraje o la capacidad de superación frente a la adversidad, el talento creativo, la generosidad, la solidaridad; otros, más superficiales, la vanidad y el hedonismo.
Los más sensacionalistas, problemáticas humanas complejas como adicciones, embarazo en adolescentes o la homosexualidad.
Preocupa que personas impresionables lleguen a identificarse con esos contenidos de forma que la emoción sustituya el razonamiento e impida discernir la real intención detrás de las historias.
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