Una percepción equivocada la de estigmatizar a quien se declara ateo como una mala persona, alguien éticamente cuestionable o carente de valores humanos o sociales.
La idea es un prejuicio en lo absoluto falto de objetividad, como también el asumir a priori la religiosidad como segura garantía de virtuosismo personal.
El espacio de esta columna resultaría corto para citar figuras universales y locales, del pasado y del presente, cuyo ejemplo de vida demuestra lo insostenible de esa clase de generalizaciones.
Ser ateo es una opción personal que no debería llamar la atención, pero como los dominicanos somos mayoritariamente creyentes, en general la postura motiva resquemor o condena.
Es comprensible que un grupo de personas que se declaran ateas decidiera agruparse y constituirse en asociación, pues sostienen una postura que reta la norma cultural y social tradicional.
La asociación de ateos es una interesante expresión de valentía individual.
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