Generalmente muy intolerante con los muchachos que limpian parabrisas vehiculares en las intersecciones de Santo Domingo, hace unos días opté por deponer el mal humor y viví un momento aleccionador.
“Al menos tú no me ofendes”, me dijo el buscavidas tras decirle sin exaltación que al limpiar mi vidrio trabajaría de gratis, pues no disponía de monedas para darle.
Desde entonces cuando nos encontramos en el tráfico intercambiamos sonrisas; yo no me molesto si él “limpia” el cristal, tampoco él por la falta de retribución. Firmar la paz nos reportó mutua ganancia: menos estrés para mí, auto estima reivindicada para él.
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