Lo que identifica plenamente a una nación, por encima de sus recursos y de sus potencialidades económicas, es la calidad humana de su gente, el trabajo producivo, la transmisión de valores, principios y costumbres que configuran su carácter y personalidad.
A través de tales atributos es que conocemos la verdadera naturaleza de un pueblo y de ambos elementos depende en gran medida que sea justamente valorado y que tenga la capacidad de promover relaciones amistosas y productivas.
Esos rasgos caracterizan plenamente a los taiwanes. Conocía de su solidaridad y había oído hablar mucho de la facilidad con que se muestran amistosos y delicados, además de amenos contertulios.
Pero tales detalles no son para ya mí solo de referencia, sino de percepción propia, luego de un cálido encuentro en que participé junto a miembros de la distinguida delegación que representa aquí a Taiwán.
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