Nuestra clase política no muestra voluntad para cambiar la interacción votante-candidato, que tradicionalmente ha sido básicamente clientelar, porque en general el ejercicio político aquí es un medio de movilidad social.
La pobreza que padecen las grandes mayorías nacionales determina que el voto sea casi una transacción de compra y venta y el electorado mayormente asume como natural esa perniciosa relación, que si bien puede servir en lo inmediato y ayudar un ocasional interés particular, aleja las posibilidades de mejoría estructural para la gente.
Cuando veo en la publicidad de ron y cigarrillos la advertencia legal sobre los perjuicios de su consumo, pasa por mi mente la idea de una normativa similar aplicada a la propaganda política de los candidatos a cargos legislativos: “Aviso: un senador no está para dar sino para legislar”; “Un diputado no está para favorecer particulares”.
Reconozco lo estrafalario del pensamiento pero es que algo hay que hacer.
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