En promedio, los dominicanos acusamos agudas debilidades en la capacidad de organización y expresión del pensamiento, a nivel oral y escrito, como patética consecuencia de nuestras seculares deficiencias educativas; efecto deplorable es también la mala ortografía, tan diseminada y acostumbrada que adquiere carácter folklórico o tragicómico.
No es la pretensión insistir en lacras, reiterar penas y lamentos alrededor de la falta de calidad en general de nuestra enseñanza, sino reconocer, a propósito de que la Madre Teresa recordaba que mediante pequeñas cosas podía transformarse el mundo, la significativa repercusión de ejercicios como los concursos estudiantiles auspiciados por la oficina de Margarita Cedeño de Fernández, primera dama de la nación.
De ortografía, de matemática, los torneos contribuyen a formar a niños y jóvenes en la importancia de perseguir la calidad y la excelencia, valores que urge estimular en una sociedad donde lastimosamente la chapucería se torna la norma.
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