Confieso que estuve entre los que se entusiasmaron con la idea de una nueva Constitución, la resultante de una visión integral de modificación, justa en tiempo y propósito para ser el marco del avance de la nación hacia un nuevo estadio social.
La obra salida de un ejercicio asentado en el servicio ciudadano, totalmente distante de lo que hasta ahora habían visto mis ojos, modificaciones apresuradas introducidas al amparo de intereses o coyunturas político-electoralistas.
Me creí aquello de una Constitución para los nuevos tiempos y renové las esperanzas en que a partir de ahora poníamos fin a la era del pedazo de papel.
Me lamento de que mi personalidad ilusa se pusiera de nuevo de manifiesto pese a mis serios esfuerzos por avivarme; estúpida, ignoré el vaticinio de un escéptico amigo, que me aseguraba que de la Asamblea Revisora saldría una Constitución aún más conservadora que la vigente.
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