Con cada pico de exacerbación de la indignación pública ante portentos del ámbito del legislativo: el barrilito, las dos exoneraciones o el legislar para aumentarse los propios salarios, queda evidenciada la necesidad de que el país emprenda la reforma del Congreso.
Urge que la sociedad civil y el liderazgo político responsable asuman la tarea, para sentar nuevas bases institucionales para ese poder del Estado, de cara a la supervivencia de la nación.
Si no se aplican transformaciones -Quién puede ser legislador, por ejemplo-, llegará el momento en que el clientelismo que sostiene esta democracia y concomitantemente el modus vivendi de senadores y diputados, no dará para más; el peligro del narcotráfico se suma para amenazar la estabilidad del sistema hasta lo impredecible.
Contamos con los legisladores decentes hacia una venidera y verdadera reforma constitucional, que cambie el Congreso más temprano que tarde.
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