La sardina enlatada conocida como Pica Pica no es consumida en mi casa en razón de que mi hija, cuyo poder de decisión sobre el menú familiar es dictatorial, no gusta del popular producto.
Ella se da los lujos que a su edad a mí se me negaban; tampoco fui afecta al contenido del demandado enlatado, era una absoluta frustración encontrarme al volver hambrienta de la escuela en aquellos fatídicos años ochenta, aquel locrio odioso en la mesa, sin más opción que comerlo o morir de hambre.
Para una familia urbano-marginal como la mía, encabezada por una maestra normal de primaria, conformada por cinco hijos y mi senil abuela, la salvadora Pica Pica llegaba a ser la única posibilidad para asegurar el almuerzo; el pollo, la res, eran cosa de días buenos.
A la Pica Pica los dominicanos le debemos reverencia; con la expresión de nostalgia, mis respetos.
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