Es una manifestación de ligereza pretender que en la “modificación” de los códigos Procesal Penal y del Menor estará la solución al problema de los delincuentes en la calle.
La cuestión me recuerda el momento de la película Tráfico cuando el personaje de Benicio del Toro, al decir a agentes antinarcóticos estadounidenses que si al menos estadios de la ciudad mexicana de Tijuana para práctica deportiva de los niños tuvieran iluminación de modo que los menores pudieran jugar y desarrollarse en vez de convertirse en mulas de los narcotraficantes, puso sobre el tapete la raíz social del flagelo.
No reflexionamos sobre dónde residirían las causas de los niveles de delincuencia juvenil, pero se nos hace entretenido satanizar, sin la información estadística mínima necesaria para establecer objetivamente su “culpa” en la problemática, un instrumento legal que como el Código del Menor, aun ni siquiera aplicamos en todos sus alcances y previsiones.
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