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Crímenes horrendos de la dictadura de Trujillo

Jueves 26 de Mayo de 2011 Tony Pina
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En su lecho de enfermo, Virgilio Martínez Reyna fue asesinado a tiros y machetazos por matones que asaltaron su residencia, en San José de las Matas, acabando además con la vida de su esposa Altagracia Almánzar -con ocho meses de embarazo- cuando ésta le imploró piedad a sus asesinos.

Semejante barbarie, ocurrida el 1 de junio de 1930, fue el preludio, a sangre y fuego, de la época de ignominia que durante 31 años sometió a República Dominicana el sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina, el militar dominicano que llegó a escalar el más alto rango forjado en la fragua de la primera ocupación norteamericana (1916-1924).

La intervención y un caudillismo cómplice devinieron en el surgimiento de un régimen de horca y cuchillo, a pesar de que Trujillo, cuando se promovió al poder, aseguraba: “Conmigo no hay peligro en seguirme”.

Sin embargo, el tirano emergió en ese vacío de carencias, y como un monstruo devoró con sus garras todo lo que se le opusiera a su paso.

Quienes le apoyaron para derrocar al anciano y enfermo presidente Horacio Vásquez, pronto se desilusionaron y muchos de ellos pagaron con sus vidas la equivocación; quienes le opusieron, sufrieron los rigores de la cárcel y la tortura, y no pocos tuvieron que abandonar el país para salvar el pellejo.

Trujillo, que asumió el poder el 16 de agosto de 1930, era un hombre de poses e intrigas: mientras públicamente asumía la teatralidad para aparentar inocencia ante los desafueros del régimen, por detrás maquinaba las más tenebrosas formas del crimen.

Los asesinatos de San José de las Matas no sólo conmovieron en la provincia Santiago por la crueldad de los métodos empleados, sino a todo el país, que se enteró de los hechos cometidos por la temible banda “La 42” a través de los periódicos La Opinión y El Caribe. (1)

Tres días después del asesinato de Martínez Reyna, quien se desempeñó como secretario de la Presidencia durante el gobierno de Vásquez, en las calles de San Francisco de Macorís, a plena luz del día, fue abatido a tiros José Paredes, reconocido opositor a las intenciones de Trujillo.

Desidero Arias, senador de Monte Cristi y quien apoyó a Trujillo en el golpe de Estado contra Vásquez, pronto se sintió engañado, pero a pesar de una reunión de conciliación que sostuvo un mes antes en Mao con el tirano, no pasó un mes sin que se alzara contra el régimen. (2)

En efecto, en abril de 1931, Arias se sublevó con 500 hombres en la Línea Noroeste. Gravemente herido y en desbandada sus partidarios, Arias se suicidó de un tiro en la cabeza, aunque hay quienes aseguran que fue muerto por un militar de las tropas que le perseguían. (3)

Cualquiera que fuere la versión, el capitán Ludovino Fernández le llevó la cabeza del cadáver a Trujillo, quien, en otro simulado gesto, se sintió horrorizado ante el público y ordenó sepultarlo con honores en Santiago, a pesar de que “el propio Ludovino dijo que actuó cumpliendo órdenes precisas de El Jefe”, según lo narró Emilio Ludovino Fernández hijo en su libro “Ludovino Fernández”, página 234. (4)

Después de afianzarse en el poder, a partir de 1935, Trujillo  se constituyó en amo y señor. Muerte o rendición, decretó de manera implacable.

La matanza de haitianos es un capítulo aparte de la barbarie. Sin embargo, no porque fuera un asesinato colectivo -se calcula en más de 20 mil los haitianos muertos en 1936-, se debe dejar de consignar.

Aquí y en exilio, la mano de Trujillo fue inmisericorde. En 1935, Sergio Bencosme, exiliado en Nueva York, fue asesinado a tiros por matones que creyeron haberle dado muerte a un dominicano más prominente: Angel Morales, candidato a la vicepresidencia del Partido Alianza Nacional, derrotado en las elecciones fraudulentas de 1930.

El líder sindical Mauricio Báez, en 1950, fue muerto en una calle céntrica de La Habana, Cuba. Dos años después, en Manhattan (EE UU), Andrés Requena, otro exiliado, también caía abatido a tiros. (5)

Durante la falsa apertura democrática en 1946, cuando Trujillo “legalizó” los partidos políticos y hasta “permitió” que la izquierda tuviera locales, decenas de desafectos al régimen fueron descubiertos  y cazados a tiros en ciudades y campos del país. Decenas de jóvenes fueron a parar a las cárceles, mientras otros corrieron peor suerte.

A principios de 1950 la satrapía entró en un irreversible proceso de terror. El aparato represivo del régimen, sostenido en una estructura debidamente entrenada para el crimen, hizo desaparecer a los militares implicados en una trama para matar a Trujillo. La denominada “revuelta de los sargentos” fue salvajemente aplastada por el servicio de inteligencia de la entonces Aviación Militar Dominicana, cuya operabilidad dirigía Ramfis Trujillo en el kilómetro 9 de la carretera Mella.

A estas acciones se sumaron asesinatos políticos en Santiago, San Francisco de Macorís y Santo Domingo cometidos por el temible Johnny Abbes García, que desde México se especializó en el espionaje y el crimen, entre ellos el de José Almoina, un intelectual vasco que, al igual que Jesús de Galíndez, marchó del país después de servirle al régimen y conocer sus entrañas.

Muertes que conmocionaron al país

La maquinaria del terror se cebó más aún con la creación del temible Servicio de Inteligencia Militar (SIM) a partir de 1956. El abogado, escritor y periodista Ramón Marrero Aristy, a la sazón secretario de Trabajo, fue muerto el 17 de julio de 1959 en circunstancias encubiertas de un “accidente de tránsito”. Su cuerpo, carbonizado hasta lo irreconocible, fue hallado dentro del carro, en una pendiente de la carretera que conduce a Constanza. Del chofer, jamás se supo en qué precipicio, furnia o mar le dio cabida a su cadáver.

Pero de todos los crímenes cometidos por la tiranía, el asesinato de las hermanas Minerva, Patria y María Teresa Mirabal y del chofer Rufino de la Cruz, acaecido el 25 de noviembre de 1960, fue el que más estremeció la conciencia nacional, al extremo de poner en la cuenta regresiva el fin del régimen de terror.

Bibliografía

Textos consultados
(1) El Caribe, 2 de junio de 1930 y La Opinión, 3 de junio (1930) (2) “Ludovino Fernández”, Emilio Ludovino Fernández, pág. 123;  (3) Trujillo, una dictadura sin ejemplo, Juan Bosch, pág. 467; (4)  Cuando la Era era”, Juan Vallejo, pág. 18, (5);  Trujillo, la trágica aventura del poder personal pág. 512, Crassweller.

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