Un día antes de la familia Trujillo partir al exilio, Ramfis, hambriento de venganza, hizo sacar de sus calabozos a los supervivientes del ajusticiamiento y, ante su presencia, los sometió a crueles torturas y luego ordenó sumariamente su fusilamiento.
Era la tarde del 18 de noviembre de 1961, los cadáveres de los conjurados fueron arrojados -uno a uno- a los acantilados del mar Caribe, testigo una vez más de tanta barbarie cometida durante los 31 años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Ramfis había consumado su venganza. En su libro “Trujillo, el último César” (The last Caesar, editado en Chicago), Arturo Espaillat recoge los momentos que embargaron al hijo mayor del tirano después de la matanza: “Llegó a la Hacienda Radhamés, pasó por donde su madre, María Martínez, y acompañado del coronel Estévez (Pechito), antes de dirigirse a San Isidro, sede de la Aviación Militar Dominicana (hoy Fuerza Aérea Dominicana), visitó por última vez el centro de torturas cívico-militar que hizo construir en el kilómetro 9 de la Carretera Mella: Junto a una botella de coñac, comentó: “Me iré mañana, pero quienes mataron a mi padre ya no cantaran victoria”.
Antes de salir de las instalaciones en ruta a San Isidro, llamó al entonces coronel Juan René Beauchamps Javier y le dijo: “Si no hay nadie más comprometido con la muerte de mi padre, dejen libre a los civiles y a los militares envíenlos a sus cuarteles” (Obra citada, pág. 312).
En la Hacienda Nigua, en San Cristóbal, donde se consumió la masacre, la sangre de los conjurados aún no había sido borrada cuando Arismendy Trujillo (Petán) apuraba las maletas para su salida del país junto a otros miembros de la familia, entre ellos la casi centenaria doña Julia, la “excelsa matrona”, quien al descender del avión “se mostró asombrada ante los cambios que Rafael, su hijo, había introducido en San Cristóbal” (Trujillo, la trágica aventura del poder personal, Robert D. Crassweller, pág. 454).
La masacre de Nigua, el último capítulo de terror del régimen que aún daba zarpazo mientras el cadáver del sátrapa zarpaba a la isla Martinica, conmovió a una nación que no salía del asombro de semejante genocidio.
Fue necesario que el presidente Joaquín Balaguer empeñara su palabra de esclarecer exhaustivamente los hechos y auspiciara un ambiente de garantías y respeto a la dignidad humana.
Las viudas de los fusilados demandaron el cese de la época de ignominias y sólo cuando reclamaron la entrega de los cadáveres de sus maridos fue que se enteraron de que habían sido lanzados al mar y devorados por los tiburones.
En efecto, el yate Angelita con el feretro de Trujillo zarpó desde la base naval Las Calderas y desde allí a Barahona, para luego dirigirse a La Martinica, pero “el misterio y la incongruencia seguirían al tirano más allá de la tumba”.
El yate tuvo que retornar a Las Calderas, a solicitud de las autoridades, bajo la promesa de entregarle una gruesa suma de dinero a la tripulación. Con el cadáver de Trujillo a bordo, el Angelita retornó. Ramfis, sin embargo, tomó un vuelo en la posesión francesa de La Martinica rumbo a París, donde esperó el féretro cuya última exhumación fue hecha en el cementerio Pere Lachaise.
La familia Trujillo se había desparramado por diferentes destinos (Miami, Panamá, Francia y España) atrás dejaban un país marcado para siempre por una dictadura que hizo del crimen su arma predilecta para silenciar las voces que se opusieron a sus ignominias.
Ambiciones desmedidas de la dictadura
El vigésimoquinto aniversario de la dictadura de Trujillo centró nuevamente la atención y las especulaciones en torno a Ramfis. Las imperiosas ambiciones del padre, su apetencia de fama para su nombre y la devoción por su hijo mayor, eran tan pronunciadas que nadie dudaba de la existencia de una aspiración dinástica, bien que imprecisa, en su corazón.
De ahí que en diciembre de 1955, Trujillo se hiciera aprobar una enmienda constitucional para reducir a la edad mínima el requisito para ocupar la Presidencia de la República. Ese año, Ramfis tenía 26 años y Radhamés trece.
La vida de hijo privilegiado, no obstante, había sido tan mal dirigida que sería difícil saber a quién imputar la culpa de ello. Sobre él convergieron todas las cosas adversas, desde un niño mimado hasta el ensalzamiento del poder y los placeres.
A pesar esa realidad, Trujillo fue un obsesionado en que su hijo le sucediera en el poder. Hizo todo lo que estuvo a su alcance, y más allá, para convertirlo en un líder militar y luego en un político capaz de tomar las riendas de un país que la misma dictadura subestimaba, aunque sabía de los peligros que le acechaban, sobre todo en América Latina, donde los dictadores iban ya de capa caída.
Ramfis y Pedro Livio
Barbarie
El asesinato de los conjurados
Con excepción de Juan Tomás Díaz, Antonio de la Maza (caídos frente a la desaparecida ferretería Read, en la intersección de la avenida Bolívar y Julio Verne; y del teniente Amado García Guerrero, asesinado en la avenida San Martín, los demás conjurados murieron en Nigua.
Johnny Abbes
Estrenó su oficio en el exilio
Johnny Abbes, siniestro personaje de la dictadura, se estrenó en el exilio como un sanguinario implacable. No sólo participó en los asesinatos de José Almoina, en México, y Jesús Galíndez, secuestrado en Nueva York, sino que organizó la persecución de los exiliados en Cuba, Guatemala y Venezuela.
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