A cinco meses de aquel hecho no he podido borrar su deteriorada imagen de mi memoria y su agonizante voz sigue retumbando en mis oídos.
Vi la cara malvada de la pobreza en esa mujer arrastrándose –sus piernas no le funcionaban–, apoyándose en dos pedazos rústicos de palo de escoba para llegar hasta donde pasaba la caravana del presidente Leonel Fernández.
Con la primera persona que se topetó fue conmigo (la tuve que agarrar para que no se cayera y para que los carros de la caravana no la atropellaran). Me gritó: –Lo único que quiero es que Leonel me dé es una silla de ruedas.
La agarré como si fuese mi madre y nos colocamos delante de la yipeta de una asistente del presidente, Yarima Sosa, quien al ver la señora se desmontó de su vehículo muy consternada y dijo: “déme un teléfono para llamarla”.
La joven funcionaria tomó nota, mientras toda la caravana esperaba por ella, pues su vehículo iba delante del Presidente.
Tres días después, estando yo en el Palacio Nacional, junto a un grupo de colegas periodistas, me sorprendí cuando me mandaron a buscar del despacho del “Señor Presidente”. Cuando acudí al lugar –un poco chivo, porque los periodistas somos muy extraños – me recibió la asistente que había tomado nota de la señora.
“Estamos informando que como usted se preocupó por la señora de San Pedro de Macorís, el señor Presidente le entregó al día siguiente su silla de ruedas y otras ayudas”.
Me contó sobre la felicidad de la señora al recibir su silla de rueda y las bendiciones que le echaba al periodista que la ayudó, al Presidente y a ella.
En ese momento en mi alma hubo felicidad, pero también tormento al pensar cuantas personas hay en mi saqueado país en esas mismas condiciones, que jamás tendrán la oportunidad de atravesarse en la caravana presidencial.
Ojalá llegue el día en que nuestros envejecientes tengan garantizados por lo menos sus medicamentos y otras necesidades básicas, para que no tengan que pedir en las calles para poder “malvivir”.
Esta historia no termina ahí, lamentablemente. Hace unos días recibí una llamada de un colega periodista de San Pedro, quien me informó sobre el fallecimiento de aquella señora.
Al notar mi congoja me dijo: -no te sientas mal, ella murió feliz en la silla de ruedas que tú le ayudaste a conseguir.
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