Desde niño he escuchado el cuento de camino de que la Justicia “es ciega” -no ve a quien esta juzgando- y que “se le aplica igual a ricos y pobres”. Por supuesto, eso es verdad sólo partiendo del hecho de que “la humanidad vive de mitos y mentiras”.
Soy testigo de lo que es la desigualdad de clases y cómo esto se manifiesta en la aplicación de Justicia, que suele convertirse en injusticia.
Miren aquí una muestra. En el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva se celebraban dos juicios en salas diferentes: uno a El Gringo (Manuel Emilio Mesa Beltré) –muchacho nacido y criado en el barrio de Capotillo– acusado de lavado de activos.
El otro juicio fue a los banqueros Arturo Pellerano y Juan Felipe Mendoza, acusados de fraude de 22 mil millones de pesos a través del quebrado Bancrédito.
En la sala de audiencias de los banqueros todo era camaradería entre los acusados y los fiscales y policías. Los acusados se paseaban por todo el salón sin ningún tipo de restricción. Todo era de lo más tranquilo. Y pobre de aquel policía que se le ocurriese ponerles las esposas a esos honorables presidiarios.
Por el contrario, a El Gringo lo tenían con “más soga que un andullo”, con las esposas puestas. Policías encapuchados con armas de guerra mantenían un ambiente tenso como si el mundo se estuviese acabando. No dejaban que nadie saludara a El Gringo, sin importar que fuera un familiar.
También fui testigo cuando se presentaron en la Fiscalía dos denuncias por abuso, maltratos de hombres a sus respetivas esposas. El sometimiento era el mismo e igual de grave e humillante para las víctimas.
La diferencia en la violación a la Ley contra la Violencia Intrafamiliar era que uno la había cometido un cantante de merengue callejero muy famoso, pero proveniente de un barrio muy pobre, Los Alcarrizos. Se trataba del famoso “Omega”, “El Fuerte”.
El otro sometimiento fue contra el honorable Víctor Gómez Casanova, dirigente político y de clase acomodada.
La diferencia es que el fiscal José Manuel Hernández Peguero desestimó la denuncia de la esposa de Casanova y a Omega lo enviaron a Najayo. Peor aún, cuando la jueza Mirian Brito ordenó la puesta en libertad de Omega para que se someta a un proceso de rehabilitación, el fiscal desacató la orden de libertad de la jueza.
En cambio, Casanova –por igual delito- nunca supo lo que fue visitar el frente de un tribunal, pues el fiscal Hernández Peguero lo protegió todo el tiempo. Concluyo este articulo con la frase del propio Omega cuando era conducido a la cárcel de Najayo: “el único juez justo es Dios”.
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