
Este artículo sobre el glorioso patriota general José Antonio Salcedo va dedicado a los legisladores incultos, irrespetuosos, que revestidos con el ignominioso traje de la ignorancia de la historia cambiaron el nombre de la provincia Salcedo por el de Hermanas Mirabal, profanando de esta forma la memoria de uno de nuestros grandes hombres.
Son los mismos infaustos congresistas que maldijeron, difamaron, injuriaron a Joaquín Balaguer, rechazaban a Peña Gómez por “negro y haitiano” y a Juan Bosch por ser un hombre recto y honesto. Mas ahora después que esos tres gigantes de la política han muerto donde quiera que hay un aeropuerto, avenida, parque, calle, callejón o ventorrillo le quieren poner los nombres de los tres líderes fallecidos.
Sin regatear méritos a las ilustres Hermanas Mirabal –sin dudas son grandes–, jamás alcanzarán la estatura de Padre de la Patria de la Segunda República del general Salcedo.
Ignoran estos legisladores que en un acto de justicia para reivindicar, pagar una deuda histórica y sacar del olvido a Pepillo Salcedo, se tomaron tres medidas: se le puso su nombre a una provincia y el presidente Joaquín Balaguer ordenó el traslado de las venerables cenizas del héroe al Panteón Nacional, donde descansan todos los próceres de la Patria. También se le construyó una estatua.
El proyecto de cambiar el nombre a la provincia fue una iniciativa de los diputados analfabetos Víctor Valdemar Suárez Díaz y Afif Nazario Rizek, del Partido de la Liberación Dominicana, y Miguel Ángel de Jesús Vásquez, del Partido Revolucionario Dominicano.
¿Cuál era esa deuda con el general Salcedo? Pues Pepillo fue la primera gloriosa espada de la Restauración y primer presidente de la Segunda República, pero por un chisme, envidia, intriga del cruel, desalmado general Gaspar Polanco y otros compañeros de armas, fue destituido y fusilado secretamente. Falsamente fue acusado de traidor y de estar en contubernio con los españoles. Estos no fueron más que falsos argumentos de Gaspar Polanco para despojar de la presidencia a Salcedo.
Muchos héroes de la Segunda República permanecen en el olvido, Pero entre ellos el más notable, por sus antecedentes, los servicios prestados y su dramático y trágico fin, es Salcedo, conocido con el apodo de Pepillo, es el ejemplo más conmovedor.
En ninguno de los próceres de la Restauración cobró el destino mayor cuota de sacrificio, que en este valiente veterano de la Guerra de Independencia, que había participado en varios combates, alcanzando por su valor y arrojo en la batalla de Sabana Larga -librada contra los haitianos- el rango de coronel del Ejército Libertador.
Entre los soldados de la Restauración, Pepillo Salcedo se identifica como un caso excepcional. En su región fue soldado de vanguardia en defensa de la Independencia frente a Haití y como Lugarteniente del general Tito Salcedo, con quien no tenía parentesco cercano, dejó fama de hombre de acción, arrojado y buen jefe de tropa.
A sus condiciones de guerrero, Pepillo agregaba una atractiva presencia física: de piel blanca, rubio, de ojos azules, de musculatura recia, pequeño de talla, era hombre abierto y simpático. Buen jinete y conocedor de la región en la que trabajaba, recibía el respeto y aprecio de los que lo conocían.
Su liderato económico y social era incuestionable. Durante el mes de febrero de 1861 el General Hungría, que había sido jefe de Pepillo en la batalla de Sabana Larga, junto a otros militares dominicanos y oficiales españoles que se encontraban en el país, recorrían la Línea Noroeste recogiendo firmas para apoyar la anexión a España.
Hungría hizo comparecer a Pepillo ante su persona en el poblado de Guayubín. Salcedo cuando estuvo frente a Hungría no quiso desmontarse de su caballo, conociendo para lo que había sido llamado. Cuando Hungría le pidió que firmara el documento, Pepillo, con ruda firmeza, le respondió: -no puedo aceptar con mi firma la anexión, puesto que soy un soldado de la Independencia, en la guerra por la Patria serví a usted con gusto pero en esta cesión no le acompaño.
Al terminar estas palabras con la decisión que era característica de su persona, sin despedirse, clavó su caballo y salió del pueblo. Al momento de emprender la marcha a la salida del lugar, venía una tropa española marchando al toque de trompetas y redoble de tambores. El caballo de Salcedo se espantó con el ruido y le tumbó.
Encarándose al Coronel que comandaba la unidad militar, lleno de cólera le dijo: -Malditos españoles, hasta mi caballo los odia. Viendo pues la grandeza de Salcedo, el reducir su nombre a un simple municipio es lo mismo que reducir su estatura de Héroe Nacional.
Comentarios (1)