La Tierra desde el mismo momento del primer indicio de vida sobre ella , ha tenido un limite en su capacidad de regeneración natural, el cual ha sido sobreexplotado desde hace más de 100 años debido, entre otras cosas, al incremento en la población de todos los seres vivos, pues no debemos limitarnos a nombrar al ser humano.
Y es que la misma sobrepoblación de algunos animales en ciertas áreas de sus hábitats, crea graves consecuencias de alimentación y distribución, teniendo como consecuencia, cambios de hábitos que modifican a la larga los ecosistemas.
Por otro lado, el proceso de globalización ecológica impulsado por los niveles de producción y consumo han alcanzado un estado en que lo que se hace en un país dado puede tener importantes impactos sobre sus vecinos, y hasta sobre el resto del mundo.
Es un fenómeno de crecimiento inevitable y que es el resultado del continúo proceso de crecimiento económico que no sólo une las economías del mundo, sino lleva los niveles de producción y consumo nacionales a un punto que pone en peligro los sistemas ecológicos del planeta, amenazando continuamente la regeneración de los ecosistemas.
Los convenios multilaterales, desde el clima hasta la biodiversidad hasta el comercio en desechos peligrosos, son todos partes del rompecabezas de cómo compartir el espacio ecológico (y económico) del mundo. Sus negociaciones establecen las normas y los reglamentos – en efecto, la constitución de un nuevo acuerdo.
En segundo lugar, debemos reconocer que el Sur, más que nunca, está aprendiendo penosamente el costo que un medio ambiente sucio significa para la salud. El modelo económico y tecnológico de Occidente es altamente material, de alto consumo energético, y metaboliza enormes cantidades de recursos naturales, dejando tras sí una huella de toxinas y ecosistemas altamente degradados y transformados.
Y no obstante, en el mundo en desarrollo, están siguiendo este modelo de crecimiento económico y social, creando un extraordinario cóctel de pobreza y desigualdad, codo a codo con economías en expansión, contaminación y una destrucción ecológica en gran escala.
Los procesos de generación de riqueza a las claras impondrán creciente presión sobre los ecosistemas naturales y generarán enormes cantidades de contaminación. Literalmente, cada ciudad en el Sur en rápido proceso de industrialización está muriéndose por respirar aire limpio.
La falta de acceso hasta a necesidades básicas como agua potable limpia, alimento adecuado y atención de la salud significa que casi un tercio de los habitantes en el mundo en desarrollo tienen una expectación de vida de apenas 40 años.
También es evidente que el problema de la pobreza rural en grandes partes del mundo en desarrollo no es “pobreza económica” sino “pobreza ecológica” – la escasez de recursos naturales para desarrollar la economía rural. Más de 1000 millones de habitantes viven en pobreza absoluta, una gran proporción de los mismos en tierras degradadas.
La regeneración de estas tierras jugará un papel clave en la tarea de reavivar las economías locales, desarrolladas alrededor de la agricultura y la cría de ganado. Esto a su vez requiere buena gestión de la tierra y del agua a fin de asegurar alta productividad de árboles, pastos y cultivos.
La Tierra necesita con carácter de urgencia un programa mundial de gran envergadura para generar empleo para la regeneración ecológica a fin de detener la pobreza y la degradación ecológica, dos de los peores males que asolan al mundo, y en última instancia abolirlos por completo.
Estos son los factores básicos del sueño que debería impulsar las múltiples negociaciones y conferencias que se realizan año tras año en casi todo el mundo. Para que las mismas puedan convertirse en un éxito – y es imprescindible que sean un éxito – los líderes del todos los países deberán reunirse no en desacuerdo, sino para redactar el preámbulo de una nueva constitución mundial. Esto es lo menos que podemos hacer para nuestro futuro común.
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