El 12 de enero comenzó una peregrinación de heridos del terremoto de Haití a la República Dominicana. Unos llegaron por su propio medio. A otros los trasladaron en helicóptero y hasta en avión. La mayoría era de origen haitiano y nadie tuvo reparos en que llegaran a los hospitales dominicanos, hasta saturarlos, para darles atención.
No se midieron los costos de inyectarles, operarles, darles pastillas o jarabes, curarles o trasladarles a un centro donde ocuparse de ellos de una mejor manera. Sencillamente, estaban heridos y había que intentar salvarles la vida. Incluso muchos siguen aún en albergues o incluso en los hospitales para continuar con sus tratamientos.
Nadie se preocupó de quién iba a pagar por la asistencia médica y cuidados de todo tipo, incluida alimentación. La solidaridad no ha puesto precio en una República Dominicana a la que no le sobra de nada y le falta de mucho. Y por tierras dominicanas han pasado más de 15,000 heridos.
Estados Unidos, tras presentarse con aires de salvador de los haitianos en medio de la catástrofe y con un despliegue catalogado en diferentes sectores de invasión humanitaria, ha puesto peros a la atención médica a los heridos más graves del seísmo.
Si no se aclara quién pagará las facturas, no recibirán a nadie. No importa la vida, sólo si hay dinero para salvarla. Paradojas de la vida de una superpotencia cuyo sistema de salud ha sido ampliamente criticado y que ahora su presidente trata de cambiar contra viento y marea..
| < Anterior |
|---|
Comentarios (4)