Las últimas palabras siempre se quedan como un eco. Una y otra vez las tararea como cuando se quiere aprender una canción. Piensa en el sonido de cada una de ellas, y el efecto que le causó la forma en la que se pronunciaron, piensa en todo.
Sobre todo en la imagen, la forma que adoptó el cuerpo, el rostro, la mirada, las cosas que estaban en la habitación y hasta las circunstancias bajo las que se produjo la conversación. Pero son las últimas palabras las que siempre se aprende.
Lo que se dice tiene una fuerza grandísima y además no se borra; por este acto quedan una serie de emociones que van a parar a la memoria, hasta que el tiempo y otros hechos las llenen de olvido y algunas veces se recuerde junto a todo lo que se sintió, y todo por la forma en la que se dijo.
Glenys González es periodista.
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