El Plan Decenal de Educación significó, sin lugar a dudas, un gran avance en cuanto a la concepción y los propósitos de la educación dominicana, consolidando una visión más coherente con las necesidades de una sociedad que lucha por insertarse en un mundo globalizado, donde ya se ha hecho evidente que hay derechos que nos pertenecen a todos los seres humanos y que hay niveles de calidad de vida a los cuales todos podemos y debemos acceder.
Durante estos últimos veinte años se pueden mostrar muchas actividades e iniciativas en el sector educativo, realizadas con el propósito de avanzar en la dirección deseada, pero las mismas no han dado como resultado los frutos esperados.
Hay quienes afirman, inclusive, que en términos de calidad educativa hemos retrocedido, afirmación que otros discuten. Lo cierto es que la realidad social ha sufrido cambios profundos en los últimos cincuenta años y que la escuela que ayer funcionó bien, hoy, para seguir siendo buena, tiene que cambiar pues se espera de ella mucho más que lo que se esperaba en el pasado. Añorar que volvamos a la escuela del pasado es ignorar los cambios profundos que ha vivido la sociedad dominicana y el mundo en estos últimos cincuenta años y las repercusiones que dichos cambios tienen en el sistema educativo dominicano.
Toda la evidencia indica que nuestro sistema educativo no ha sido capaz de responder adecuadamente a las demandas que la sociedad actualmente le plantea. Vivimos añorando la escuela de un pasado que ya no existe y no hemos sido capaces de articular la escuela que requiere el siglo XXI.
Los movimientos sociales que claman por una mejor educación y una mayor inversión han adquirido conciencia de esta realidad. Sin embargo, la amplia conciencia social que se ha creado alrededor de la importancia de la educación, se estrella, por un lado, con un sector público que no termina de asimilar que no es posible renovar el sistema educativo, y ponerlo a tono con las nuevas demandas sociales, contando con los niveles de inversión que actualmente tenemos y, por otro, con un sistema educativo que no ha logrado ejecutar una propuesta de transformación capaz de mejorar significativamente los aprendizajes de los estudiantes.
De materializarse, como esperamos se haga ahora o en el próximo gobierno, el cumplimiento de la asignación presupuestaria prevista en la Ley 66-97, la gestión educativa tendrá sobre sus hombros una gran responsabilidad.
Hasta ahora la falta de recursos ha sido utilizada como excusa para no mostrar avances significativos. A partir de que se disponga de mayores recursos económicos, el logro de los objetivos educativos dependerá de la puesta en ejecución de las mejores estrategias de reforma educativa disponibles. Se impone someter a un análisis crítico todo cuanto se ha hecho, pues las evaluaciones nacionales e internacionales indican que el producto de lo realizado no es satisfactorio y, en consecuencia, si la disponibilidad de recursos sólo se emplea en hacer más de lo mismo, los resultados serán previsibles: Seguiremos teniendo niños y niñas, jóvenes y adultos sin las competencias requeridas para un buen desempeño en la sociedad del siglo XXI.
El Plan Decenal nos dice hacia donde debemos dirigirnos. No nos dice cómo tenemos que realizar ese viaje. Definir y prepararnos para ese viaje hacia la mejora del sistema educativo es el gran reto que tendrán las autoridades educativas del nuevo gobierno que asuma el poder en agosto del 2012.
Las demandas que los nuevos tiempos le hacen a la escuela dominicana requiere que ésta sea repensaba y transformada en sus raíces para que pueda dar frutos diferentes a los que hoy ofrece. ¿Está el liderazgo educativo dominicano en condiciones de realizar esta autocrítica? ¿Tendrán la suficiente humildad como para reconocer que los modelos de intervención que hasta ahora han intentado poner en práctica no han funcionado sólo por falta de dinero sino que, posiblemente, tengan fallas en su concepción o en las estrategias de cambios que le han servido de base?
El invertir, como se debe hacer, un mínimo de un 4% del producto interno bruto en educación, incrementará la responsabilidad del liderazgo educativo en cuyas manos se ponga la tarea de rendir cuentas a la sociedad, de la pertinencia de las políticas que pongan en ejecución. En lo adelante, el éxito o el fracaso, dependerá de la capacidad del liderazgo educativo de lograr los cambios esperados en el sistema educativo. La falta de recursos económicos no se podrá esgrimir como excusa de malas políticas o de políticas mal implementadas.
El autor es educador
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