Uno de los aspectos que más admiro en Leonel Fernández es su amor por la lectura. Es conocido que le apasiona visitar librerías cada vez que viaja, que compra libros por montón. Es su agradable debilidad. Tiene la ventaja que también puede leer en inglés y francés.
La primera vez que conversé con el mandatario fue en 1995 y el tema se concentró en dos libros escritos por los peruanos Hernando de Soto y Alan García, titulados “El otro sendero” y “El fututo diferente”, respectivamente.
Entre otros puntos, el primero analizaba magistralmente el sector informal en nuestra “América mestiza”, como la llamó Martí, y el segundo trataba sobre un mundo controlado por los “circuitos financieros”.
Sobre los circuitos financieros y su influencia y control en la economía, aquel Leonel de rostro imberbe y cerebro de sabio explicó el daño que esto podía provocar, especialmente a los países pobres.
Lo hizo con entusiasmo, como si quienes le acompañaban, Henry Garrido y un servidor, fuéramos sus alumnos. Henry y yo estábamos encantados con la improvisada cátedra, que versaba sobre dos libros que gracias al padre Dubert ya había leído, pero que entendí con mayor claridad con las pedagógicas palabras de Leonel.
Al recordar esa conversación, entiendo mejor la preocupación de nuestro Presidente con relación a la especulación financiera mundial, que afecta especialmente los precios del petróleo y de los alimentos en perjuicio de las naciones en vías de desarrollo y de las llamadas del primer mundo, perjudicando en consecuencia la gobernabilidad planetaria.
En los próximos días, cuando se presente en la Asamblea General de Naciones Unidas, el líder político propondrá que se emita una resolución condenando esa práctica que ha llevado miseria a la mayoría de los pueblos, sin importar credo, raza, ideología o vocaciones imperiales. Y por el apoyo público y entusiasta que ha recibido de decenas de jefes de Estado y de Gobierno, todo indica que su propuesta será bien acogida.
De todo esto me queda una gran enseñanza y es que lo que leemos puede influir tarde o temprano en nuestra forma de ser, en nuestros proyectos, en nuestra visión sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno. Quizás por ello decía el padre Dubert que “uno es lo que lee” y cuando algún joven le pedía consejo, le expresaba: “Además de cumplir con tu deber y de actuar con responsabilidad, te recomiendo que leas, que leas, que leas”.
Creo que el ejemplo de lector de Leonel Fernández debe ser seguido, estemos o no de acuerdo con su accionar político, el cual, y es mi opinión, gracias a la lectura tiene mucho más luces que sombras.
Pedro Domínguez es abogado
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