Mañana no será un 11 de agosto cualquiera, pues lo que ocurra determinará el futuro de nuestra patria. Mañana será uno de los días más importantes de nuestra historia republicana, o sea, desde el año 1844.
O avanzamos o retrocedemos en grande, no hay de otra. No exagero. Es así de simple. Mañana se reúne el Consejo Nacional de la Magistratura e inicia el proceso de selección de los jueces de la Suprema Corte de Justicia, del Tribunal Constitucional y del Tribunal Superior Electoral, estos dos últimos de reciente creación, por lo que estrenarán magistrados.
Y confieso que me asombra que este trascendental tema esté casi pasando desapercibido entre nosotros. Y no me refiero a los políticos o a los que hacen opinión pública, que a veces juran que su canto lo escucha con entusiasmo la ciudadanía y aseguran que sus preocupaciones son las de la mayoría.
Y no siempre es así. Con relación a la convocatoria del Consejo Nacional de la Magistratura, la gente común, me parece, no le está dando el seguimiento adecuado, creo que no está en eso, no discute el asunto en las esquinas, lo ve lejano, como algo que no le afecta ni le afectará.
Eso me duele e inquieta. No podemos darnos el lujo de ser indiferentes frente a serios acontecimientos que nos marcarán como nación y como personas, incluyendo el porvenir de nuestros hijos y nietos. Me aterra pensar que retrocedemos, pues en el año 1997, cuando se reunió por primera vez el Consejo Nacional de la Magistratura, en aquella ocasión sólo para elegir a los miembros de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), se apreciaba un mayor empeño en la población, la que exigía una buena elección, con transparencia y criterios éticos.
Y también los grupos de la sociedad civil (muchos más de los que siempre opinan) elevaron sus voces para que los nombrados fueran de más idóneos.
Y los positivos resultados están ahí: una SCJ que dejó de ser la cenicienta de los poderes del Estado, para convertirse en un organismo digno de respeto, lo que a mi juicio constituye el mayor avance institucional que ha tenido la República Dominicana en las últimas décadas.
Vamos a involucrarnos, por Dios. Levantémonos firmes para luego no quejarnos de lo que suceda.
Si los que deciden no sienten nuestra presión, nuestro ojo vigilante, actuarán tomando en cuenta sus intereses particulares y eso no es lo que anhelamos.
Seamos los protagonistas de nuestro destino. A partir de mañana, parodiando algo a Alberto Cortez, ojalá empecemos a vivir como país una vida más sana, es decir, que mañana empecemos a rodar por mejores caminos.
Pedro Domínguez es abogado
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