De vez en cuando tengo la dicha de intercambiar impresiones con Ramón Tejada Holguín. Lo social y lo político son nuestros temas centrales.
Recientemente me escribió: “Nos queda ser protagonistas de nuestras propias historias, hacer un compromiso real de cambio; nos queda la acción, si queremos un mejor país, hay que pelear por él con uñas y dientes, desde todos los ámbitos”.
Estoy de acuerdo, debemos dejar de ser dóciles. Si anhelamos una mejor patria, no seamos personas adaptadas a lo mismo. Eso destruye nuestra esencia humana. No andemos cabizbajos, indiferentes, actuando apenas por intuición. Debemos enfurecernos por lo que vemos, que nos duela el dolor, que sintamos y nos rebelemos cuando se nos trate con indignidad.
No olvidemos las ganas de romper barreras. Y que no se nos escape el orgullo. Que no vistamos de luto al coraje. Que no perdamos la hermosa condición de amar. Que no seamos masa que se moldea con facilidad, a merced del capricho del panadero, pues no tiene consistencia ni esqueleto.
La verdad, es triste contemplar a un ser “amemado”, al que nada le huela ni le “jieda”. No permitamos que lo que impacte en nuestras almas tenga sabor a masoquismo, a desencanto o a nada, que es tal vez peor. ¡Ay, cómo se puede existir sin conocer de dónde vinimos, dónde estamos y hacia qué lugar vamos! ¡Y qué penoso es estar domesticado, como mascota, rendidos ante la vida, ser alguien sin vuelo propio, sin personalidad definida! Hay humanos tan domesticados que de tanto cuidar su imagen la han borrado.
Al débil de espíritu se le somete y jamás protesta, pues carece de ímpetu y por ende de imaginación, y donde no hay imaginación no hay esperanza.
Evitemos ser el producto de informaciones interesadas que nos anulan el juicio y nos convierten en prisioneros de lo superfluo, de lo barato, y compramos disparates, nos desvivimos por tonterías y nos atormenta lo insignificante.
La docilidad absoluta inspira lástima. Hay que estar dispuesto a sublevarse, a ser auténtico, a que nos dé “pique” y dar tres manotazos. Hasta tener su pequeña dosis de salvajismo y de locura es positivo, lo cual puede lograrse a plenitud, no sólo respetando la moral universal, sino batallando por defenderla.
Mantengamos empinadas nuestras conciencias, guiados por ideales grandes, nobles y puros. Es tiempo de liberarnos, de dejar atrás esa esclavitud que nos ata a la mediocridad y no nos permite luchar, sudar, trascender y servirles a los demás. ¡Despertemos, por Dios, que nos estamos quedando atrás en nuestra América mestiza, como la llamó Martí! Gracias, Ramón, por inspirarme a escribir estas líneas; después habrá tiempo para Silvio, con sus luces y sombras.
Pedro Domínguez es abogado
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