En mi condición de Fiscal Nacional del Colegio de Abogados de la República Dominicana, conozco decenas de casos de violación al Código de Ética del Profesional del Derecho. Esto, y mis vivencias como ex juez y abogado en ejercicio, me motivan a hacer las siguientes reflexiones.
Ser abogado es un asunto muy serio. Quien procura nuestros servicios legales coloca en nuestras manos su libertad y/o su patrimonio. Un pequeño error nuestro puede ser fatal y acabar con una vida, una familia o una empresa.
¡Dios, qué compromiso tan inmenso! Es penoso que algunos lo tomen a la ligera, con una irresponsabilidad espantosa. Un abogado completo no se caracteriza sólo por conocer leyes, jurisprudencia y doctrina, porque lo trascendente es su integridad, su cultura general y su sentido común, pues esas virtudes determinan que pensemos siempre en el bienestar de quien representamos y no en el nuestro.
Un buen jurisconsulto, por lo menos empíricamente, también se comporta como sicólogo, sociólogo, sacerdote y educador porque, en ocasiones, ejercer esas funciones es más efectivo para evitar o solucionar un conflicto que el hecho de actuar como abogado.
¡Cuántas veces quien nos visita lo único que aspira es a que lo escuchemos con atención! En esta profesión, con más luces que sombras y más gratos recuerdos que sinsabores, voy comprendiendo múltiples facetas de la condición humana. Resaltan dos sentencias. Al cliente: “dime quién es tu abogado y te diré quién eres”; al abogado: “dime quién es tu cliente y te diré quién eres”. Y no me refiero al abogado que buscamos para un caso específico, que ahí podemos equivocarnos y confiar en uno de espíritu anémico y pigmeos conocimientos, además de que todos tenemos derecho a ser asistidos jurídicamente. Hablo del leguleyo que contratamos para todas las ocasiones, el que tenemos en mente cuando necesitamos consejos legales. Nuestro abogado fijo es nuestro confidente, el que sabe nuestros secretos.
Si somos honestos, lo buscaremos probo. Si somos charlatanes, será inescrupuloso para que sea partícipe de nuestras conductas sin ruborizarse.
El abogado serio no defiende al sinvergüenza, que no necesariamente es aquel que comete un error por alguna circunstancia, sino el que delinque con frecuencia.
Quien aspira a representar nuestra dignidad en los estrados debe tener una alta dosis de ella. El abogado que defiende en los tribunales lo indefendible en base a mentiras y artimañas es tan culpable como el que viola la ley.
La moral de los clientes es proporcional a la de sus abogados y viceversa. Es de doble vía.
Si quieres conocer a alguien, pregunta por su abogado. Si pretendes saber cómo es el abogado, averigua a quién representa. Y haréis justicia.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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