La mayoría de mis amigos ha comprado una máquina para hacer abdominales. Nunca había visto un instrumento tan codiciado como poco usado como éste. Es dinero malgastado. Días antes anuncian la adquisición con bombos y platillos.
Generalmente la motivación llega por medio de los comerciales de televisión donde aparece alguien gordito que de repente, gracias al uso de un artefacto milagroso, a los pocos días presenta una panza con más cuadritos que un ajedrez.
Nuestros personajes hacen alarde de que tendrán un cuerpo fenomenal. Se ilusionan pensando que pronto tendrán una barriga plana y hasta sus “batatitas” en las pantorrillas. Nada de grasa. Cero “chichos”. Todo músculo. Pero lo simpático de todo es que muy pocos les creen, pues usualmente existen precedentes de fracaso.
Van a la tienda rápidos y sonrientes, como hacen los niños en Navidad. Estudian el aparato, sin entender nada, como si fueran peloteros analizando la estructura del universo. No importa. Todavía no lo tienen y ya se sienten en salud. Y es tal la contentura que anhelan llevarse el gimnasio completo.
Nuestros aspirantes a Charles Atlas llevan el juguete a sus casas. Se les dificulta armarlo, especialmente si son abogados, políticos o periodistas. Luego de pasar piques y echar maldiciones, asombrosamente colocan cada pieza en su lugar e inmediatamente inician la acción.
¡Cuánto ánimo, caramba! Diez abdominales por aquí, cinco por allá, veinte a la izquierda, quince a la derecha... y basta. ¡Uff! Toman el primero (y pronto definitivo) descanso. Bueno, es la primera vez y no pueden cansarse mucho.
Al día siguiente hacen algunos ejercicios; eso sí, ya con menos entusiasmo. De todas maneras, hay que demostrar a los que no creían en la fuerza de voluntad de cada uno que se equivocaban. Al tercer día, según las escrituras, pero en este caso esencialmente humanas, aparece la excusa: una reunión de trabajo o un pequeño dolor de cabeza. “Los años pasan y pesan, debo tomarlo con más calma”, meditan, con la fatua esperanza de que nadie se entere, aunque la verdad es que todos ya se han percatado de sus desganas. A partir de ahí la máquina empieza a oxidarse, a llenarse de telaraña y polvo. Si alguien les reclama qué pasó, contestan: “El lunes empiezo de nuevo, y que nadie se atreva a prestar el aparato, que en cualquier momento será utilizado”.
Y una mañana cualquiera, meses después de la compra, cuando alguien relaja con algún “barrigú”, nuestros protagonistas, creyendo que le lanzan indirectas, incómodos: “¿Y dónde está mi máquina para hacer abdominales?”. Y muy tarde se enteran de que fue regalada o prestada. ¡Qué alivio! Y colorín colorao, quizás esto le haya pasado, como a mí.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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