No hay mayor valor que el de la dignidad del ser humano. En consecuencia, qué triste es desconocer que la dignidad es un templo en cada uno de nosotros, no saber que gobernantes y gobernados nos la deben respetar, que tenemos que defenderla como si fuese nuestra propia vida, pues la dignidad es parte esencial de nuestra existencia.
Quien es digno aprecia y defiende su dignidad en cualquier terreno. Es guapo. Quien es cobarde esconde su cabeza en la tierra, no mira de frente, se le quema el corazón ante cualquier problemita. Corre despavorido con el primer disparo.
El digno se valora a sí mismo. El cobarde niega hasta su sangre. El digno lucha. El cobarde huye. El digno es auténtico. El cobarde es ficticio. El digno admira, aborrece, sufre y goza. El cobarde es incapaz de tener un sentimiento auténtico aparte de su cobardía. Es masa que el panadero moldea a su antojo.
El digno se sacrifica por lo que cree, y está preparado para renunciar a todo cuando comete un error que afecta a un tercero o que empaña su reputación, sin reparar en que haya actuado de buena fe. El cobarde se queda quieto, inmóvil, temeroso hasta de la brisa, no salva a nadie, ni a su madre, y no le importa que su conducta provoque un holocausto con tal de él salvarse.
El digno no permite que pisoteen su honor, pues su honor es su vida. El cobarde es suela de zapato usado. El digno es libre, y emprende vuelo sin pedir permiso. El cobarde tiene en las alas toneladas de hierro que lo encadenan al lodo, dejándolo momificado, con su espíritu mortalmente agrietado por el sol.
El digno sueña. El cobarde recela hasta de su almohada, como si incluso las ovejitas lo persiguieran. El digno actúa conforme a principios éticos. El cobarde, cuando osa mover un dedo, es porque se lo imponen, o porque le conviene sólo a él, porque el cobarde siempre es egoísta, solo piensa en su pellejo camaleónico.
El digno es protagonista, líder del bien, asume posiciones con gallardía. El cobarde, cuando por conveniencia no encabeza la maldad, es un espectador más del juego, uno del montón. El digno ama la paz, pero está preparado para la guerra. El cobarde, en cambio, se hace el muerto en la batalla, suponiendo erróneamente que se salvará, sin percatarse que desde hace tiempo dejó de existir, que fue el primero en fallecer, pues el aire que respiraba carecía de oxígeno puro y murió asfixiado en el fango de lo insignificante.
Por la dignidad vale la pena vivir y morir. Eso sí, ningún cobarde me dará razón. ¿Y usted?
Pedro Domínguez Brito es abogado
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