Dice Silvio Rodríguez en su famosa canción Óleo de una mujer con sombrero, que “los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar”. Estas palabras son un canto a la fuerza de voluntad, a la perseverancia, a no tener miedo frente a las adversidades.
Los miedosos, los que no se la juegan, los que le temen hasta a su sombra, están destinados al fracaso y en no pocas ocasiones su situación se agrava porque andan melancólicos, y cuando sonríen, lo hacen con la tristeza por dentro, como la historia narrada por el poeta Juan de Dios Peza sobre el célebre Garrick, actor de Inglaterra, quien según todos era el más gracioso de la tierra y el más feliz, pues la gente disfrutaba con su presencia, pero en el fondo era un ser deprimido, de mirar sombrío.
Nos alertaba el poeta: “¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora, el alma llora cuando el rostro ríe!” Recuerdo que en el ajedrez hay momentos que decidimos sacrificar una pieza importante para ganar el juego.
Esto tiene sus riesgos. Si incurrimos en un error de cálculo, estaremos obligados a rendirnos. Pero si triunfamos, el gozo se multiplicará, pues lo conseguimos venciendo al peligro. Lo anterior no implica que en el juego-ciencia provoquemos nadar en aguas turbulentas.
No. Eso es absurdo. El quid está en razonar y luego actuar, creyendo sinceramente que el plan es positivo. Así, si fracasamos, nuestro ánimo se mantendrá en paz. Lo contrario es lo tormentoso, lo que marchita el sosiego del ajedrecista.
Y es cuando no materializamos el sacrificio por miedo y luego nos percatamos que de haberlo hecho hubiésemos tenido un punto a nuestro favor. Entonces no dormimos, ansiamos retroceder las manecillas del reloj, nos damos golpes en el pecho y nos gritamos: ¡cobarde! ¡cobarde! La vida es un ajedrez, donde el fin es triunfar en buena lid, sin hacer trampas, pero actuando con valentía y coraje, tomando con entereza las decisiones que consideremos justas y necesarias para alcanzar la cumbre.
Y si para lograr la meta debemos sacrificar algo de valor, pues, ¡sacrifiquémoslo!, que después lo sacrificado renacerá con mayor cuantía.
Estamos en un mundo en que los débiles de espíritu y los temblorosos están destinados a ahogarse en el fango de la derrota y la frustración. Vivir es decidir, tomar decisiones, seguir adelante. Hacer lo contrario es no dejar huellas ni con nuestras pisadas en la arena, es caminar cabizbajo entre sollozos que para colmo tampoco resaltan.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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