Mi bisabuela, cuando una damita se incomodaba hasta cuando la piropeaban, decía con gracia: “Esa cree que no va a jedei cuando se muera”, y luego remataba: “cuántas cosas y nada más es una”, última expresión que todavía no entiendo.
Ahí aprendí a evitar a los susceptibles, a los que se ofenden por nada, a los que tienen una epidermis tan sensible que incluso una brisita mañanera les provoca ronchas. El susceptible es ñoño. Se queja de todo.
Lo simple lo vuelve complicado. Es lioso. Hace un espectáculo por cualquier disparate. Vive realizando ejercicios mentales absurdos, ilógicos, pero los considera geniales.
Se cree del cristal más fino. La gente teme dirigirle la palabra para no enfadarlo, para no romperle su delicadito corazón de quinceañera enamorada.
Con el susceptible hay que conversar con cuidado, con diplomacia extrema, calculando cada verbo y hasta el menor de los gestos para evitar que explote. Es difícil razonar con el susceptible, sobre todo porque no nos deja hablar y nos interrumpe alzando su voz con ironía, intentando desarmarnos con su arrogancia y su mala educación. Nunca pierde una discusión.
Su risita es burlona. No escucha. Es un sabelotodo. Se cree superior, perfecto, inmaculado. Nuestro personaje se altera si no lo complacen. Grita y patalea cuando sus necedades no triunfan.
Desbarata el juego cuando está abajo. El susceptible es terco por naturaleza. Aunque no es constante y su personalidad fluctúa de acuerdo con sus caprichos. Se cierra momentáneamente con una idea, la que trata de imponer de cualquier modo.
Se considera con pleno derecho de insultar y jura que tiene permiso celestial para burlarse del prójimo, de los animales y de las plantas, pero ¡ay de aquel que osare señalarlo! Solo mira los defectos de los otros. No reconoce ninguna virtud en los demás. Provoca situaciones desagradables con el fin de perjudicar a alguien. Goza con la desgracia ajena. Se deleita con el olor del dolor. El susceptible exige mucho y cumple poco.
Tiene excusas para todo. Ama la manipulación. Difama con naturalidad. Es indigno. No es solidario. No sabe de amor, porque es de naturaleza egoísta y la egolatría y el amor son incompatibles. No tiene amigos. Es capaz de traicionarse a sí mismo para lograr su propósito.
Envidia hasta a Dios, por tener tanto poder. No se arrepiente de sus actos, los cuales justifica como sea. Disfruta siendo el protagonista en todo lugar, desde la casa hasta el trabajo. Si se nos acerca un susceptible, huyamos velozmente, que ese tipo de gente destruye nuestra paz, que es nuestra verdadera riqueza. Y digámosle aunque no lo entendamos bien: ¡cuántas cosas y nada más es una!
Pedro Domínguez Brito es abogado
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