No sé si es parte de la naturaleza humana universal, pero en estos tiempos, en serio, es mejor quedarnos en casa, orando por el hermano y heroico pueblo de Japón y por la seguridad del planeta.
Cuando viajamos en avión, pensamos aterrados que el aparato no llegará a su destino; quizá por eso aplaudimos cuando aterrizamos sanos y salvos. Si nos montamos en un teleférico, no contemplamos el paisaje, pues vivimos preocupados por la “inminente caída”, sea porque se romperá un cable o porque se “defondará la cosa esa”.
Incluso, cuando hablamos sobre nuestras enfermedades, lo hacemos de forma extraña, expresándonos con una mezcla de falso lamento con risa de satisfacción, con el agravante de que el interlocutor trata de demostrar que su padecimiento es más delicado que el nuestro. “Tengo un fuerte dolor de cabeza”, decimos. Y nos responden: “Eso no es nada, yo me estoy muriendo con una fiebre altísima y un grandísimo dolor de pecho, lo tuyo no se compara con lo mío”. Y yo contesto: “Anjá, te equivocaste, mis dolores sí que son graves…”
Me permito contarles una experiencia relacionada con el tema. Me ocurrió en la playa el fin de semana pasado. Llegué feliz, y ¡ah, caramba! desde que divisé el mar me asusté. Pensé en los tsunamis de Asia, especialmente el más reciente, con tantas lamentables víctimas y destrucción.
Recuerdo que entré al agua despacito, pues estaba fría, en cuyo caso siempre inicio con el dedo gordo del pie derecho y luego el resto del cuerpo hasta que me acostumbre a la temperatura. Y de repente me quedé pensativo, prudente, “chivo”... y con miedo. Inmediatamente miré al horizonte, por si acaso notaba algo raro, como una ola fuera de sí, gigante, agresiva, letal.
Tampoco dejé de observar la marea, previendo alguna abrupta retirada de las aguas, convirtiendo la arena en un desierto, lo que provocaría el surgimiento de olas de varios metros de altura. Y me concentré en la quietud del viento, en el vaivén de los pequeños botes, en las blancas burbujas de la marea y hasta en el aullido de los extraños perros, de los no menos raros turistas caninos que, dicen, tienen la facultad de olfatear catástrofes naturales. Y así pasé todas las horas, sin contar que las tristes imágenes del maremoto del otro lado del mundo me daban vueltas por la cabeza.
El momento no era propicio para disfrutar. ¡Qué pena! Lo que juraba sería un hermoso día de playa se convirtió en un mar de inquietud.
Ojalá se me pase, porque de seguir así, ni en piscinas me bañaré. En estos tiempos, en serio, es mejor quedarnos en casa, orando por el hermano y heroico pueblo de Japón y por la seguridad del planeta.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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