Dicen que las oportunidades son calvas y hay que agarrarlas por los pelos, lo que no tiene nada que ver cuando una cabeza lisa le gana a una melenuda, por si acaso. De todas maneras, no niego que podría existir cierta coincidencia entre este artículo y el comportamiento de algunos luego de la convención del PRD.
Me fascina estudiar la conducta humana, especialmente cuando se trata de figuras del poder. Pocas cosas, por ejemplo, me provoca más gracia que visitar una alcaldía del país, donde contemplo con mi risita por dentro la forma de caminar de ciertos concejales, pavoneándose orondos como si estuvieran en la pasarela, con el pecho alto y los zapatos relucientes, jurando que están por encima del bien y el mal. Y se saludan entre sí con abrazos efusivos, casi amorosos, con palmaditas en las espaldas y cada cual alabando al otro entre dientes. Y eso contagia hasta a quienes los buscan, pues ya desde la puerta, frente a la secretaria, se comportan con altanería y exigencia. Este proceder sobrepasa el ámbito municipal.
La esencia de cada mortal brota cuando somos dueños de cosas materialmente valiosas, guiamos el destino de muchos e intentamos mantener, conquistar o imponer nuestra voluntad alimentándonos de aplausos, recursos y prensa. Aquí se determina para qué somos capaces. Y en ese instante nos descarrilamos fácilmente si creemos que somos el centro del universo, sólo escuchando a los que son incapaces de contradecirnos, y así, sin arte de magia porque es predecible, la vanidad y la gloria efímera destruyen nuestro juicio.
El poder y la fama son dos palabritas traicioneras, nos hacen subir montañas, pero también caernos de golpe cuando nuestras alas no tienen la fortaleza necesaria ni la experiencia en los cielos. Y uno concluye que donde mejor se conoce a la persona es en sus momentos de poder y fama, y más cuando en determinada circunstancia se mezclan con serias dificultades. Aquí podemos trascender más, mantenernos intactos o hundirnos.
Enfrentados a los obstáculos, en algunos hombres y mujeres influyentes surgen fuerzas insospechadas que los elevan en la historia; en cambio, en otros de tales condiciones, los momentos de aprietos se convierten en sus fosas, pues se les ofusca la visión, no actúan con grandeza de espíritu reconociendo, en el peor de los casos, que una derrota bien manejada puede ser temporal y provechosa. Lo triste es que cuando quieren dar marcha atrás, el irreparable daño a su figura y a su entorno está hecho y rehacerlo se torna imposible en ocasiones.
En síntesis, muy pocos están preparados para manejar concomitantemente poder, fama y adversidad. Los que lo logran triunfan tarde o temprano.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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