Hacer este artículo me duele, eriza mi conciencia, marchita mi esperanza en un mejor porvenir. El pasado 3 de febrero, en mi calidad de Fiscal Nacional del Colegio de Abogados de la República Dominicana, participé en una ofrenda floral que depositó el gremio ante el Altar de la Patria con motivo del Día del Abogado.
Allí reposan los restos de Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella. Está ubicado en la Puerta del Conde, donde se proclamó la independencia dominicana el 27 de Febrero de 1844.
Estaba emocionado, tenía más de 20 años que no admiraba ese augusto lugar, el cual no recordaba mucho, por lo que sería casi una novedad mi visita. Me vestí de una solemnidad mística. Hasta caminando se notaba. Entré con mis compañeros juristas y al hacerlo y observar el entorno, sufrí desde el principio decepciones y vergüenzas indescriptibles.
Lo primero fue que el piso estaba destruido, lo que me hizo deducir erróneamente que estaba en reparación, porque parecía martillado.
Para colmo, la suciedad se adueñaba de cada mosaico o ladrillo, donde las maticas silvestres habían crecido más que la voluntad de limpiar el área. Las luces que lo bordeaban estaban rotas o sin cristales, como si le hubiesen tirado piedras. Todo se asemejaba al patio descuidado de un hospital público fronterizo.
Luego contemplé indignado lo que imagino eran fuentes de agua, o algo parecido que circundaba el Altar de la Patria. Me recordó la piscina olvidada de unos Juegos Deportivos Nacionales. El líquido estaba marrón, color que competía con un verdecito de lo que supongo eran algas. Miles de hojas reposaban tranquilas, entre vasos plásticos y otros desperdicios. Inconscientemente esperaba que en cualquier momento aparecieran lilas y sapos.
Ya dentro del Altar de la Patria mi mala impresión sobrepasó los límites. La puerta de caoba de la entrada estaba “rullía”, “descascarándose”, como si tuviera lepra. Imaginé que había sido donada por un hospicio, cuyas monjitas no sabían qué hacer con esa madera.
Después miré el techo del mismísimo Altar de la Patria. ¡Dios mío! Había filtraciones por doquier. Se destacaban el moho y la pintura despegada. Los bombillos que tenía eran de los de RD$100.00, desnudos, sin un globito alrededor, lo que supongo no era para ahorrar energía. Pero lo que más me indignó fue ver manchadas y mugrientas las otroras blancas estatuas de nuestros héroes. Su escultor, el italiano Arrighini, hoy estaría gritando.
Estamos en el Mes de la Patria. Aprovechémoslo para dignificar nuestro mausoleo de gala, símbolo de nuestra história y de nuestra identidad. ¡Ay, ojalá que nuestro Altar de la Patria no sea un reflejo de cómo va nuestro país!
Pedro Domínguez Brito es abogado
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