Estos días son críticos para el futuro de las relaciones entre Dominicana y Haití. Puede que para muchos sea imperceptible, pero este momento es crucial.
La comunidad internacional ha sido inepta manejando la crisis del hermano país. No ha dado pie con bola, y cuando lo ha hecho la patada ha sido para anotar un autogol. Todo es fracaso, por más Clinton que aparezca y más ayuda que anuncien en los medios de comunicación del planeta.
Quizás por ello los poderosos han optado por una fórmula irresponsable: llenar el escenario haitiano de protagonistas, buscando complicar las cosas, a ver si de esta manera, como por arte de magia, surge una solución. Del río revuelto, piensan, saldrá el inesperado pescado que necesitan para limpiarse las manos con sus escamas. Así llega el hijito de Papá Doc y pronto podría regresar Jean Bertrand Aristide.
Como es probable que todos estos ensayos no funcionen, pues es difícil que el pueblo haitiano se ponga de acuerdo hasta en lo que es la definición del vudú, siempre queda una peligrosa posibilidad: invocar el odio a través de los nacionalismos, tratando de que alimentando un antidominicanismo la gente se una.
Y esto no es cosa extraña en política. Los gobiernos débiles (sus líderes) acuden a los mitos y a la manipulación para fortalecerse y las sociedades les siguen impávidas y hasta los apoyan en su fanatismo.
Recordemos a Hitler, que vendió la idea de la superioridad alemana. También el caso relativamente reciente de Argentina en 1982, cuando la Junta Militar que gobernaba estaba al borde del colapso, se le ocurrió invadir los archipiélagos de la Tierra del Fuego y los argentinos apoyaron eufóricos la acción, olvidando momentáneamente los asesinatos políticos que a diario ocurrían.
El Reino Unido, que controlaba ese territorio, aplastó militarmente a Argentina, y casi de inmediato los militares fueron derrocados por el mismo pueblo que, cegado, los había aplaudido.
Y tanto en Haití como aquí hemos vivido esta realidad de mitos y manipulaciones. Para no hastiar con Trujillo, tenemos los ejemplos de Aristide, que siendo presidente en un momento de dificultades invocó el antidominicanismo para fortalecerse internamente y ello casi provocó un desastre en nuestras relaciones, y el caso de Balaguer, que acudió al racismo y antihaitianismo para destruir electoralmente a Peña Gómez, utilizando hasta los símbolos patrios en ese propósito.
Temo que se vuelva a apelar al antidominicanismo en Haití, y lo penoso es que le estamos facilitando las cosas a esos sectores oscuros, con la absurda y condenable persecución que en los últimos días han sufrido algunos haitianos en nuestro territorio. Cuidado, no juguemos con candela, de un lado y de otro.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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