Por desgracia, “buscar” es el verbo de moda entre la mayoría de nuestros políticos. Y “servir” es el menos usado, o, lo peor, el menos practicado. Y esto desde que nacimos como nación, o antes, incluso.
Así las cosas, muchos a coro conjugan alegres: “Yo me la busco, tú te la buscas, él se la busca, nosotros nos la buscamos, vosotros se la buscáis y ellos se la buscan”.
Ya sabemos que eso de “buscársela” nos ha hecho demasiado daño. Ese verbito es uno de los culpables de nuestro atraso y temo que en estos momentos se imponga cuando elijamos a quienes nos juzgarán, a quienes desde la cima interpretarán las leyes y aplicarán justicia.
Esta búsqueda, por ser callada y a veces imperceptible, no deja de ser cruda, voraz, atrevida, irresponsable, hasta el grado de que en ocasiones se torna más denigrante que la observada en las campañas presidenciales, congresuales o municipales.
Y nadie que haga lo que sea por ser juez merece serlo. ¡Pobre de una sociedad donde para ser juez la persona necesite humillarse frente al poder, comprometerse con innobles causas, lanzar zancadillas para hundir al prójimo que aspira, ir mendigando una posición, arrastrarse como gusanos para llegar a la meta!
Muy pronto se convocará al Consejo Nacional de la Magistratura, organismo que tendrá en lo inmediato tres grandes responsabilidades: sustituir a los magistrados de la Suprema Corte de Justicia que sobrepasan los 75 años de edad, elegir a los jueces del Tribunal Constitucional al igual que a los jueces del Tribunal Superior Electoral. Es tremendo el reto y lo que allí se determine se reflejará con fuerza en nuestro destino. Como sociedad no podemos mantenernos impasibles.
Lo primero que debemos exigir es que se respete la Constitución para que haya proporcionalidad en las sustituciones de los jueces de nuestro más alto tribunal. Es decir, que si retiran a siete por razones de edad, entonces que al menos cinco de los elegidos provengan de las Cortes de Apelación, donde abundan los jueces con extraordinarias condiciones, honestos, capaces y comprometidos con un mejor Poder Judicial.
Y este criterio, si pensamos en la patria, también debe existir en la elección de los jueces del Tribunal Constitucional y del Tribunal Superior Electoral, independientemente de que sea una obligación legal o no.
Por suerte, hay dónde buscar. Busquemos a los que no se la buscan. Echemos a un lado a los que viven en búsqueda, porque si buscamos y elegimos a los que se la buscan nos embromaremos.
Estemos atentos, que lo que decida este mes el Consejo Nacional de la Magistratura repercutirá en el futuro de nuestros hijos y nietos.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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