Temía que como nación nos habíamos olvidado de luchar por lo justo. Pensaba que éramos indiferentes a todo, que el mundo podía acabarse y no nos importaba, que trabajar por el bien común era apenas teoría. En su defecto, creía que éramos masoquistas, que nos fascinaba el sufrimiento, que lamentarnos era nuestra razón de existir.
En ocasiones reflexionaba que nuestro mal radicaba en nuestro rampante individualismo; en nuestro poco sentido de la solidaridad; en nuestra nula vocación hacia la unidad, pues éramos una sociedad fragmentada, donde hasta cuando dos se reunían, llegaba la división, lo que observábamos en las orquestas, partidos políticos, sindicatos, etc.; estimaba que carecíamos de instituciones sólidas, donde cada conglomerado hacía lo que quería, sin leyes, sin principios. Y todo eso, poco a poco, me iba decepcionando de nosotros mismos, de mí, de ti.
Pero surgieron acontecimientos que empezaron a variar mi pesimista idea, que por ventura inyectaron vida a mi dominicanidad. El primero fue nuestro comportamiento ante el triunfo artístico de la cibaeña Martha Heredia, en Latin American Idol, donde todos nos lanzamos a las calles a celebrar su hazaña y a soñar con su voz. La fiesta fue colectiva, lloramos de emoción, enarbolamos nuestra bandera con orgullo, y en ese entonces no había en el mundo un país más alegre que el nuestro.
Luego nos abrazamos en la desgracia, aturdidos por un luto tal vez sin precedentes en nuestra tierra: la muerte de Freddy Beras Goico. Estábamos desconsolados, como si el difunto fuera familiar cercano de cada uno, como si hubiésemos compartido con él toda una eternidad, como si su ausencia la sentiríamos en el alma. Y, la verdad, era así. La tristeza fue colectiva, y en ese entonces no había en el mundo un país más apenado que el nuestro.
Y luego, nos llegó el glorioso lunes amarillo. Algo extraordinario, quizás único en nuestra historia. Nunca había sentido tanta conciencia ciudadana, tanto compromiso por una noble causa, que por desgracia nos afecta hasta el tuétano. El 4% del PIB para la educación fue un pedimento que traspasó por mucho los colores partidistas, las clases sociales, los credos, las edades. Y hubo momentos para mí memorables, como la manifestación en las calles de las alumnas del Politécnico Femenino Nuestra Señora de las Mercedes, en Santiago, exigiendo con amor patrio el apoyo que establece la ley para la educación.
No sé la razón, pero recordé a las Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina. La demanda fue colectiva, y en ese entonces no había en el mundo un país más revolucionario que el nuestro.
Ojalá estos sean los inicios de nuestro despertar como pueblo. Es mi esperanza.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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