El pasado 6 de noviembre conmemoramos el Día de la Constitución, algo que pasó sin pena ni gloria, a diferencia de años anteriores, con el agravante de que ahora teníamos motivos para hacer una extraordinaria manifestación de reverencia a nuestra Ley de Leyes.
En San Cristóbal, cuna de nuestra primera Constitución en el año 1844, hubo un acto deslucido, famélico, improvisado, con escasa participación oficial y de la ciudadanía.
Y yo que juraba que allí habría una gran demostración de júbilo y de solemnidad, con la augusta presencia de los máximos representantes del Estado dominicano, entiéndase, Presidente y Vicepresidente de la República, presidente de la Suprema Corte de Justicia y presidentes del Senado y de la Cámara de Diputados, además con la asistencia entusiasta de los miembros del cuerpo diplomático, de los altos mandos militares y de los empresarios, todos de la mano con las delegaciones de la Finjus, de Participación Ciudadana y del clero… en fin, medio país. Pero nadie hizo caso.
Desde la comodidad es fácil aplaudir nuestra Constitución, pero una simple llovizna basta para quedarnos en casa, con la mesa repleta de manjares, eligiendo qué comer y beber, que desde ese lugar, creemos, se le sirve mejor al país.
Y para colmo, ese día, lo poco que apareció en los medios de comunicación se relacionó con la repostulación presidencial, de que si constitucionalmente era posible o no. Es como si ese fuera el único tema de nuestra Carta Magna, como si allí nada más importara, o nada más existiera.
Y debemos resaltar que esta Constitución, junto a la del año 1963, es la más completa y democrática de nuestra historia, y que de respetarse nuestro país avanzaría enormemente, pues sus instituciones se fortalecerían, al igual que nuestro estado de derecho.
La nueva Constitución consagra, por ejemplo, los derechos fundamentales, entre los que están los civiles y políticos, los económicos y sociales, los culturales y deportivos y los colectivos y de medio ambiente; además, allí se garantiza el cumplimiento de esos derechos, vinculando a todos los poderes públicos.
Esos son los preceptos que debemos analizar, discutir, colocar sobre la mesa, para que nuestro pueblo los conozca y los haga cumplir. No basta con tener una buena Constitución, hay que estar conscientes de ello, hay que comprender y valorar su contenido.
Cuando hablemos sobre nuestra Constitución no nos concentremos en la repostulación, que hay otros aspectos más trascendentales para el futuro de nuestra patria, aunque lo ocurrido el 6 de noviembre nos indique otra cosa. Es mi esperanza que esta estupenda Constitución asuma vida en nuestro pueblo y no se convierta en un cadáver más en nuestra fosa de miseria.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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