Tengo un amigo paralítico. Es un tataranieto de Machepa, y lo lleva en la sangre. Nadie le da trabajo. Y Dios sabe que he intentado conseguirle uno, pero desde que menciono que no puede caminar, brotan las excusas, incluso de muchos que se ufanan de ser liberales, socialistas y salvadores de la patria.
Un día me preguntó: “Pedro, ¿acaso hay algo en la ley que me proteja?”. Y le contesté como todo imberbe: “¡Claro que hay! El artículo 58 de la Constitución protege a las personas con discapacidad. Oye lo que dice (busqué mi Carta Magna), leo, el Estado promoverá, protegerá y asegurará el goce de todos los derechos humanos y libertades fundamentales de las personas con discapacidad, en condiciones de igualdad, así como el ejercicio pleno y autónomo de sus capacidades. El Estado adoptará las medidas positivas necesarias para propiciar su integración familiar, comunitaria, social, laboral, económica, cultural y política”.
Y para mayor ridiculez de mi parte, le expresé que el artículo 315 del Código de Trabajo también lo amparaba, pues le daba derecho a obtener una ocupación fija y permanente. Mi amigo sonrió, y no lo hizo con aire burlón porque me conocía.
Aborrezco las leyes que mutilan derechos. Por ello aplaudo a los millones de franceses que en las calles protestan por el retraso de la jubilación de 60 a 62 años. Reclamar lo justo es saludable en toda sociedad. Un pueblo “amemado”, con sueño eterno, ni lástima provoca. A los conglomerados masoquistas “ni el recuerdo los puede salvar”, diría Silvio. Dejarse vencer por los caprichos de los que mandan es una bofetada a nuestros espíritus libres, a nuestra condición de humanos con dignidad.
Pero si son detestables las normas que cercenan conquistas jurídicas y sociales, aquellas que existen y que son letra muerta son peores, porque se transforman en una burla a la majestad de la ley y, sobre todo, a quienes beneficia, que en estos casos son los que carecen de voz, porque si fueran en provecho de los vividores, coristas, arribistas y negociantes sin pudor, las reglas se cumplirían sin mancar.
Y parece paradójico: son las mayorías y las minorías las que más sufren atropellos cuando de reglas del juego se trata. Las mayorías, porque los pobres y desamparados son más y aquí a los más siempre los tratamos a menos; las minorías, porque nadie las escucha, salvo si tienen poder, y esas, aunque sean pocas, son las que mandan y definen sus propios límites, lo que implica que ni sus pensamientos los frenan en su ambición.
Y analizando todo esto, llego a una triste conclusión: nuestras leyes están más discapacitadas que mi amigo.
Pedro Domínguez Brito es abogado
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